MENAS… cuestión de resiliencia.

Los denominados menores extranjeros no acompañados (a partir de ahora MENAS), son un colectivo dentro del fenómeno migratorio que comenzó a tomar cuerpo en el estado español a mediados de los años noventa y cuyos elementos definidores básicos son, por un lado, la minoría de edad y la condición de extranjero y, por otro, la situación de abandono a instancias legales al no ser requeridos por las familias de origen.

En 2009 dos de cada tres menores acogidos provenían del Magreb (Marruecos y Argelia), aunque también algunos del África subsahariana… La principal causa migratoria es la económica y la falta de futuro y expectativas; pero la situación en origen varia de unos casos a otros, la pobreza extrema, situaciones de desestructuración familiar, desprotección institucional; catástrofes naturales; la guerra, la persecución, la violencia y situaciones de violación generalizada de los derechos humanos, marcan la vida de estos jóvenes, (Etxeberria, Murua, Garmendia & Arrieta, 2012).

Las condiciones socioeconómicas de las que gozan los Menas que llegan a territorio español son infinitamente mucho mejores que las de otros países europeos, Ararteko (2011). En España, la protección al menor es un tema que se toma muy en serio. Aunque también existen diferencias abismales entre comunidades autónomas. Esto se explica en el anhelo de estos niños por llegar principalmente a las comunidades autónomas de Cataluña y País Vasco, que suelen ser las comunidades con más recursos socioeconómicos; fundamentalmente, en cuanto a protección, necesidades básicas de alimentación, vestimenta y paga; sin dejar a parte la (sobre) protección jurídica, entre otros factores. Los  recursos económicos y residenciales que ofrecen estas autonomías están muy por encima de la media europea. Pero ¿vale la pena?, todo este tipo de inversiones en este colectivo.

Desde un punto de vista bio-psico-social, en referencia a los chicos. Los profesionales que trabajamos con este colectivo tenemos que pensar seriamente el papel que debemos desempeñar en este fenómeno porque con facilidad se puede acabar desdoblando en nuestro trabajo como psicólogos y educadores sociales dos indicativos básicos. Por un lado ser agentes de fomento de la resiliencia y, por otro, agentes de empeoramiento de la conducta. No todos los profesionales valemos para trabajar con Menas, eso es algo que tanto nosotros, como las empresas, la Administración Pública y los Servicios Sociales deben tener claro. Si realmente nos preocupa el presente y el futuro de estos niños, debemos primero reclutar a un equipo capaz de realizar un trabajo con garantías porque, cuando salgan los chicos de los centros de protección, convivirán con nosotros.

Los objetivos de los centros y las casas de acogida son la correcta atención al menor en situación de urgencia y/o alto riesgo hasta la determinación diagnóstica de la alternativa y medida adecuada; la intervención educativa dirigida a la integración del menor en su propia familia; dirigida a la integración del menor en una familia acogedora, y dirigida a la consecución de la autonomía personal e integración social del menor. Como se ve, en el caso de los MENAS, sólo el último punto suele ser  aplicable. Ya que la reagrupación familiar en familia de origen o de acogida suele ser más bien utópica, por la sencilla razón de que muchos de los jóvenes están totalmente desligados de estos núcleos vinculares, aunque otros evidentemente no.

Sin embargo, es preciso tener en cuenta que todos los protocolos de actuación utilizados en estos centros son los mismos para todos los y las menores, lo que lleva a veces a incoherencias en la intervención. Los grupos MENAS suelen ser bastante heterogéneos, tanto en sus núcleos de procedencia como en su situación socio económica, nivel educativo, y desarrollo bio-psico-social. Y esto se da en dependencia a sus circunstancias vitales y traumáticas dentro  del hecho identitario y migratorio en sí.

Quiero centrarme respecto a la migración en dos aspectos fundamentales, uno el psíquico y la continuidad del “self” como identidad personal y otro socio cultural respecto a las “pertenencias múltiples” y los factores de resiliencia. El hecho de emigrar y dejar el país de origen ya supone una discontinuidad vital en la “psique” del emigrante. Se producen los duelos por la pérdida de sus raíces de su cultura, de su familia y este hecho se vive como una muerte interna.

A nivel socio cultural y geográfico la emigración implica la pérdida de todos estos valores: país, hogar, comunidad, lengua, familia, amigos y el trauma psicológico que esto genera no está solo determinado por la pérdida y el abandono de lo más querido, sino que internamente a nivel psíquico se vive con la ansiedad de esa muerte interna de la que hablaba anteriormente. Ya que la salida de tu país de origen o de tu región implica el volverte vulnerable y el dejar “simbólicamente” toda la parte del “self” o de tu “yo” acumulativo respecto a tu continuidad vital e histórica. Ver: El trauma y la identidad del “self” en los procesos migratorios…

Por otro lado está la resiliencia de estos chicos que tiene que ser potenciada por los educadores y psicólogos. El termino resiliencia proveniente del mundo de la física, expresa la capacidad que tienen todos los materiales a resistir la presión, doblarse con flexibilidad, recobrar su forma original, su capacidad de resistencia al choque, y no deformarse ante presiones y fuerzas externas. Tiene su origen en el latín, “resilio” que significa rebotar, volver de un salto, volver atrás, resaltar. Fue J. Bolwby desde el campo de la psicología y su teoría del apego, el primero en usar la palabra resiliencia enfatizando el papel del vinculo afectivo en la génesis de esta, definiéndola como “resorte moral, cualidad de una persona que no se desanima, que no se deja abatir” (Bretherton, 1992).

El origen del término en las ciencias sociales es atribuido a Enmy Werner (2007), quien tras un estudio longitudinal observo que niños que habían vivido en condiciones fuertemente adversas fueron capaces de desarrollarse de manera exitosa y feliz. Estas personas fueron llamadas “resilientes” (Barranco, 2009). Estas personas se definen como:

“(…) aquellos que al estar insertos en una situación de adversidad, es decir, al estar expuestos a un conglomerado de factores de riesgo, tienen la capacidad de utilizar aquellos factores protectores para sobreponerse a la adversidad, crecer y desarrollarse adecuadamente, llegando a madurar como seres adultos competentes, pese a los pronósticos desfavorables”.

Desde la Pedagogía Social el estudio que Boris Cyrulnik hace en su obra “Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida” es muy a tener en cuenta. Continuamente enfatiza la importancia del entorno, políticas gubernamentales incluidas, y de las relaciones que se establecen en el mismo, tanto para la evolución de los recursos internos que actúan como base en el proceso de resiliencia, como para la propia génesis y fortalecimiento de la misma. Este entorno afectivo y social tiene la capacidad de avivar o apagar las “llamas” de la resiliencia.

Cyrulinik (2008), profundiza en el proceso en el que se imbuyen las personas “heridas” pero resilientes y subraya la idea de que, un mismo acontecimiento traumatizante puede tomar diferentes direcciones en función del entorno afectivo e institucional que el contexto social disponga. El trauma, dice, es la asunción de la intersubjetividad y el desenlace del proceso de resiliencia, es la transformación del sufrimiento en una “obra de arte” o “una obra útil”.

Para que psicólogos y sobre todo educadores sociales sean agentes de fomento de la resiliencia se tienen que trabajar los Factores Transformadores de los chavales. Se entiende por factores transformadores, todas aquellas características, hechos o situaciones que elevan la capacidad para enfrentarse a circunstancias adversas y disminuyen la posibilidad de disfunciones y desajustes bio-psico-sociales, aún bajo el efecto de factores de riesgo o exclusores, de los que hablaremos posteriormente.

Entre los factores transformadores se incluyen la introspección, la independencia, la capacidad de relacionarse, el humor, la creatividad, la moralidad, la capacidad de pensamiento crítico, el apego parental, su temperamento y conducta, la relación con pares, la relación cálida con al menos un cuidador primario: sensación de aceptación, percepción de apoyo, la posibilidad de contar en la adultez con apoyo social de un potencial cónyuge, familia u otras figuras, las mejores redes informales y formales de apoyo (vínculos), el conocimiento de la lengua del país de destino, la identidad étnica positiva, las expectativas realistas de progreso, dotar de significado a la experiencia, buena relación con la familia de origen y mantenimiento de contacto, (si la hubiera).

Estos factores trasformadores se potencian a través del calor humano. El afecto, es la base del desarrollo humano, que se vivencia siempre de manera positiva, si, pero para ello, obviamente, debe ser mostrado y esto puede realizarse por medio de muchas y muy diversas manifestaciones como a través del comportamiento (atento, amable, sincero, tierno, solidario, alegre, etc.), de la expresión corporal (la sonrisa, la mirada, el abrazo, las manos, etc.) o por medio de acciones (la escucha, el regalo, la broma, el halago, el consuelo o las felicitaciones, etc.) En cualquiera de sus formas a través del afecto se valora y dignifica al ser humano y se da pie a su desarrollo integro.

Los principales vínculos afectivos se encuentran siempre en el entorno más cercano, la familia, amistades, cónyuge, etc. Pero cuando existen deficiencias afectivas en el entorno de la persona entra en juego “el encuentro” con una persona que pueda avivar la “llama” de la esperanza y convertirse en tutor de resiliencia. Este término es acuñado por Cyrulnik para definir a la persona que nos acompaña de manera incondicional, convirtiéndose en un sostén, administrando confianza e independencia por igual, a lo largo del proceso de resiliencia (Puig & Rubio, 2015). Los tutores de resiliencia evidentemente son los educadores sociales.

No obstante todos los Menas por su desarrollo vital suelen venir con los factores exclusores (o de riesgo) de serie. Se entiende como Factores Exclusores: todas aquellas características innatas o adquiridas, individuales, familiares o sociales que incrementan la posibilidad de sufrimiento, disfunciones y desajustes. Como por ejemplo: la no cobertura de las necesidades básicas, sentimientos de estupor, estrés, racismo, falta de perspectivas de futuro, situación de irregularidad documental, desconfianza en el ser humano, expectativas irrealistas del proyecto migratorio, mecanismos de defensa arcaicos o disfuncionales a nivel mental, aislamiento y falta de apoyo social. A esto se añade la percepción  estereotípica de los profesionales, (que son mirados como vigilantes o carceleros porque es necesario poner límites, como a cualquier adolescente). Asimilación, identidad étnica negativa, inmovilidad social,  ausencia de una política global de integración social y desconocimiento de la lengua del país destino, entre otros.

Estos factores exclusores  hacen que los psicólogos y educadores sociales podamos ser agentes de empeoramiento de la conducta.  Dentro del trato afectivo se incluye la necesidad de autoridad y limites por parte de las personas educadoras. Estos resultados coinciden con el modelo de la rueda de la resiliencia planteado por Henderson y Milstein (2003), que ha obtenido resultados exitosos con jóvenes en el ámbito escolar. Está compuesto por seis factores, entre los cuales no son solamente necesarios los orientados a la construcción de la resiliencia (brindar afecto y apoyo, establecer y transmitir expectativas elevadas y brindar oportunidades y participación significativa), sino también como es el caso de poner límites o mitigar los factores de riesgo (fijar límites claros y firmes, enriquecer los vínculos pro sociales y enseñar “habilidades para la vida”). A través de esta actitud, como se puede ver en este estudio, se le manda un mensaje al menor: te recibo y te acepto pero rechazo tus comportamientos inadecuados y así te lo muestro porque mi interés es que te desarrolles como persona. Y dejes las conductas disfuncionales, arcaicas o asilvestradas. (Barranco, 2009).

En algunos centros se observan involuciones en el desarrollo de los menores: llegan siendo unos trozos de pan y se van convirtiendo en potenciales delincuentes. Esto también tiene mucho que ver con la presión y la deseabilidad social: todos intentan demostrar que son alguien y que no quieren ser pisados por nadie pero, como en las leyes animales, acaba mandando el más fuerte. Y se crean ambientes pseudocarcelarios donde existen líderes de grupo tanto intelectuales como físicos, a los que hay que controlar. Hay que tener en cuenta que además de la fascinación de cumplir los sueños de su infancia y adolescencia, a estos chavales les mueve la separación de su núcleo familiar para disfrutar así de una libertad sin límites ni condiciones.

Esto explica que en algunos centros de protección de menores, sobre todo los más masificados, se hayan registrado altercados, conflictos, amenazas y agresiones a los profesionales que allí trabajan. No son chicos como la mayoría de su edad. Ellos han huido del mundo de la responsabilidad, la educación y el respeto… Han dejado todo esto en sus países de origen junto a sus padres y familiares… el que los tenga. Aquí pierden la noción del espacio y tiempo. Si Mohamed  podría ser un niño tímido, educado y correcto en Marruecos, en función de sus circunstancias psicosociales. Una vez en España se convierte en Súper Mohamed, un adolescente que se encara con todo el mundo para marcar su territorio, porque aquí es él quien escribe su historia, la historia que quiere vivir. Una historia alimentada por la fantasía de ser alguien que nunca había podido, o quizás pueda llegar a ser.

Los menas unos por decisión propia porque tienen recursos en origen, otros porque su situación de pobreza, hambre y miseria les azuza se embarcan en esa aventura migratoria de fantasía emborrachados por las fotografías superficiales que algunos de sus paisanos suben a las redes sociales. No olvidemos que estamos en un mundo globalizado, un mena puede pasar hambre y mitigarla esnifando pegamento. Pero cualquier mena sabe utilizar un móvil y las redes sociales, incluso a veces su única pertenencia es eso… un buen móvil. Teléfonos donde aparecen imágenes de sus compatriotas en España apoyados en algún que otro coche deportivo que nunca han podido tocar fuera de sus imaginaciones y de la televisión. ¿Cómo no van a querer venir si sus amigos y vecinos que eran personas normales y corrientes cuelgan fotos con buena presencia y en lugares modernos?

Todos quieren probar la miel, aquel gratificante sabor que experimentamos al tocar nuestros sueños. Porque muchos de ellos, siempre han soñado con pisar el Camp Nou y ver a Messi de cerca. Y lo duro es pensar que esto se  puede conseguir. Y luego se dan de bruces con la triste realidad, y ven que en España no se ata a  los perros con longanizas.

Este tipo de situaciones donde se agravan los factores exclusores lleva a la generalización del uso de este término “MENA” a nivel social y  en la esfera pública, derivando en este sentido en la deshumanización primero y la criminalización después de un colectivo en situación de extrema vulnerabilidad. Debemos hablar de ellos y ellas como lo que son: niños, niñas y adolescentes que están solos/as y expuestos/as a un grave riesgo de exclusión y de desamparo.

En los centros se trabaja por cubrir sus necesidades básicas y la normalización de su situación, así como en áreas orientadas a su formación y desarrollo personal, y es aquí repito, donde entra en juego la figura del educador y la educadora social. Son los educadores y las educadoras sociales las personas que conviven con estos menores y las encargadas de que, efectivamente, se cubran sus necesidades, desde las más básicas (alimento, higiene, auto cuidado) hasta las más avanzadas (educativas, inserción laboral, mediar con instituciones sociales, jurídicas y policiales). Son ellas las responsables de que la convivencia en los centros sea lo más normalizada posible.

El educador y la educadora social de estos centros se convierten inevitablemente en un modelo adulto de referencia del entorno que acoge a estos menores. Es un nexo de unión repito, entre las instituciones, los centros formativos, de salud, juzgados etc., y los menores. Es por estas razones por las que también el principal foco de demandas de los menores, sea el educador. Esto hace que, en ocasiones, el educador se sienta un simple medio para los objetivos de estos chicos y que, a su vez, los menores puedan sentir a estos como desmotivados, cansados y agotados (Martin & Coulabi, 2010). Por tanto seamos siempre agentes de fomento de la resiliencia y no agentes de empeoramiento de la conducta.

El gran escritor Mohamed Chukri (1935 – 2003) hizo de su sufrimiento de infancia una magnífica obra literaria reflejada en “El pan desnudo” (2000). Seguramente nadie hubiera creído que aquel joven analfabeto que deambulaba por Tánger inmerso en la más absoluta pobreza y marginalidad acabaría traduciendo al árabe obras de Becker o García Lorca, siendo uno de los referentes de la literatura árabe contemporánea. Reparar en la obra y vida de Mohamed Chukri nos acerca más al concepto de resiliencia.

Todo MENA es barro que se tiene que moldear, de nosotros los que nos dedicamos a “educarlos” depende en cierta manera su futuro y eso conlleva una gran responsabilidad.

(…) la libertad, el trabajo, la buena suerte, todo lo dispone Dios y su profeta… Pero, ¿por qué no nos da Dios la misma suerte que a los demás? – pregunte a mi madre. – a lo que respondió… Solo Dios lo sabe. Nosotros no sabemos nada y tampoco debemos preguntar (…) Mohamed Chukri (1989). “El pan desnudo”

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Bibliografía:

Ararteko (2011). “Infancias vulnerables. Informe extraordinario”. Retrieved from

Barranco, C. (2009). “Trabajo Social, calidad de vida y estrategias resilientes”. Portularia: Revista de Trabajo Social, 9, 133-145.

Bretherton, I. (1992). “The origins of attachment theory: John Bowlby and Mary Ainsworth”. Developmental Psychology, 28(5), 759–775.

Chukri, M. (1989). “El pan a secas”, traducción. Rajae Boumediane El Metni, Barcelona, Edit. Cabaret Voltaire, 2012. [Anteriormente traducida como: El pan desnudo, traducción. Abdellah Djbilou, Barcelona, Montesinos, 1989).

Cyrulnik, B. (2008). “Los patitos feos: La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida”. Barcelona: Gedisa.

Etxeberria, F., Murua, H., Garmendia, J., & Arrieta, E. (2012). “Menores Inmigrantes No Acompanados (MENA) en Euskadi y Aquitania: elaboracion y puesta en marcha de un Plan de Formacion para Educadores/as y Responsables”. Revista de educacion social (RES), 15. 1-28.

Henderson, N., & Milstein, M. M. (2003). “Resiliency in schools: Making it happen for students and educators”. Thousand Oaks, CA: Corwin.

Martin, Z., & Coulaby, A (2010). “Situacion de los centros de acogida temporal para menores extranjeros no acompanados”. In C. Manzanos Bilbao (2010). ¿Menores sin derechos?: infancia extranjera desprotegida, juventud penalizada. Eskubiderik gabeko adingabeak?: babesik gabeko haur atzerritarrak, gazteria zigortua. Gasteiz: Ikusbide.

Puig, G., & Rubio, J. L. (2015). “Tutores de resiliencia: Dame un punto de apoyo y moveré MI mundo”. Barcelona: Gedisa.

Werner, E. (2007). How children become resilient: Observations and cautions. In N. Henderson (Ed.) Resiliency in action: Practical ideas for overcoming risks and building strengths in youth, families, and communities (pp. 15–23). Solvang, CA: Resiliency In Action.

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