De identidades de género, contra sexualidad post y trans-humanismo.

Abordar la realidad de la sexualidad “transgenero” o las conductas y contra sexualidades “no binarias”, siempre es complicado. Y más si el que da su opinión al respecto es un, pero que muy deconstruido cincuentón cisgenero hetero-normativo, digo esto por lo del etiquetaje social. Mi intención con este “post”  es describir una realidad que en cierta manera  me causa curiosidad; sobre todo en el colectivo de los jóvenes y adolescentes. Curiosidad y quizás preocupación, por no entender un mundo que quizás va demasiado rápido, por lo menos para mí.

Dejar claro que como humilde psicólogo en el ámbito social y trabajar con jóvenes migrantes disruptivos de diferentes etnias. Y también haber tocado de pasada, el mundo del colectivo transexual, escuchando sus inquietudes y sus preocupaciones en diversas dinámicas de grupo; creo que me puedo hacer una idea de lo que en la actualidad se cuece respecto a las diferentes realidades y performatividades sexuales en función de entornos culturales y sociales.

Según la filosofa Judith Butler (2002) precursora de la “teoría queer”;  la contra sexualidad es, en primer lugar, un análisis crítico de la diferencia de género y de sexo, producto del contrato social hetero normativo, cuyas performatividades (formas de conducta activa)  han sido inscritas en los cuerpos como verdades biológicas respecto al binarismo social “masculino/femenino” y biológico “hombre/mujer”.

De hecho para Butler la contra sexualidad intenta en cierta manera restituir este “contrato” natural biológico y jurídico. Con el fin de que los cuerpos se reconozcan como cuerpos hablantes en su diversidad y renuncien en si a una identidad sexual cerrada, con todo lo que eso conlleva… que es mucho ya que la factura social que se tiene que pagar es muy grande.

Pero antes de deconstruir los discursos narrativos al uso, romper los límites en relación a sujeto/objeto “transgenero”, o analizar las performatividades “no binarias” postmodernistas en la adolescencia; como una “necesidad” o una “moda”.  O convertir este texto en un panegírico biopolítico como diría Michel Foucault (2005) con eso de que “El cuerpo es una realidad biopolítica, mientras la medicina es una estrategia biopolítica”. Vayamos por partes respecto a que se considera “sexualidad”.

De acuerdo con la OMS, la sexualidad se define como un aspecto central del ser humano a lo largo de la vida. Así mismo, la sexualidad abarca la identidad sexual, es decir los atributos sexuales físicos hombre/mujer, también llamado dimorfismo sexual (diferenciación genital macho/hembra en especies). Así como las identidades  y los roles de género que se ubican dentro de un constructo eminentemente social. La sexualidad también incluye dentro de sus aspectos: el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexo-afectiva.

Pero empecemos por dejar claro cuatro conceptos que son fundamentales para poder entender este texto; dentro de esta sociedad postmoderna en la que vivimos, la cual se ve obligada en potenciar nuestras diferencias individuales, en este caso respecto al sexo.

Conceptualmente que se define como: Sexo biológico, identidad de género, expresión de género y orientación sexual:

Sexo Biológico: existen tres   categorías que corresponden con las asignaciones físicas y biológicas con las que naces:

  • Macho (genitalidad externa pene y testículos), proyección social masculina.
  • Hembra (genitalidad externa vulva, labios mayores y menores, clítoris y vagina), proyección social femenina
  • Intersexual (genitalidad externa ambigua, puede poseer ambas clases de gónadas mezcladas tanto de macho como de hembra y su genitalidad interna puede estar intercambiada).

Identidad de Género: se basa en la auto percepción que un individuo tiene sobre sí mismo en cuanto a su género y la conducta que tiene para hacerlo sentir a nivel social.  Se puede sentir niña o mujer o niño y hombre, en función a su forma de expresarse de vestir etc.

Si la identidad de género coincide cerebral y emocionalmente con el sexo biológico asignado a una persona, a estas personas se les denomina  cisgénero. Si por el contrario difiere de dicha asignación biológica sexual, en este caso se les denomina transgénero. También pueden existir personas las cuales independientemente de su sexo biológico asignado, a nivel psicológico no se sientan ni hombre ni mujer a estas personas se les denomina no binarias.

Robert Stoller (1924 – 1991), psicoanalista y psiquiatra, adopta el término “gender” y propone una diferenciación entre sexo (sex) y género (gender), siendo el primer término biológico y el segundo psicológico y social. Posteriormente esta misma conceptualización la realiza el psicólogo John Money (1921 – 2006) para poder tratar a las personas transgenero.

Orientación sexual: es el tipo de atracción sexual que una persona siente según el sexo y género de la persona o personas por las que se siente atraída, así como los patrones de atracción que la caracterizan.

Monosexuales: Define un patrón de comportamiento que se refleja como la atracción emocional o sexual hacia un determinado sexo o género.

  • Heterosexualidad “normativa” masculina y femenina.
  • Homosexualidad (tanto masculina “gay” como femenina “lesbiana”).
  • Asexualidad: En este caso no existe atracción sexual o deseo de contacto hacia ningún género, pero sí que puede existir atracción romántica o emocional (demisexual).

Polisexuales: refiere a un patrón de comportamiento en el que se siente atracción sexual o emocional hacia varios grupos de personas de determinado sexo o género, de manera opuesta a la monosexualidad.

  • Bisexual: cisgenero (masculino o femenino) que es atraído tanto por mujeres como hombres.
  • Pansexual: cisgenero (masculino o femenino) que empatiza con cualquier otro tipo de género (binario o no binario, cis o trans) ya sea en lo sexual como también en lo romántico o emocional, esta tipología también está integrada en la demisexual.

Expresión de género: En este caso esta definición se puede confundir con la identidad de género, pero en este caso no hablamos de auto percepción, sino de expresión social, marca de estereotipo sexual vs masculinidad o feminidad, o sea “rol de género”; independientemente de la orientación sexual. Es decir, la proyección de conducta que tiene una persona al expresar su género que es un continuo entre la masculinidad y la feminidad a nivel de conducta, vestimenta etc. La expresión de género está muy vinculada a la expectación social que queremos cumplir respecto a nuestra forma de comunicarnos.

Pero realmente, en los momentos actuales ¿Cómo influye el sexo y la sexualidad, respecto al fenómeno contra sexual? ¿Y el género? ¿Y la identidad sexual?…

Llegados a este punto ya tenemos resueltas varias preguntas anteriormente formuladas. La “sexualidad” vemos que son las emociones y las interacciones con los demás, una caricia una mirada etc., todo es sexualidad. La “identidad sexual”  es la etiqueta que se nos pone incluso antes de nacer (en el desarrollo fetal) en función de nuestra genitalidad (hombre/mujer).

El “género” es como nos sentimos interiormente respecto a nuestro auto concepto (masculino/femenino). La “contra sexualidad” es la tendencia social a romper marcos normativos respecto al etiquetaje binario (hombre/mujer) que se nos asigna al nacer. Veremos más adelante como se proyecta esta corriente a nivel social dentro de la conducta sexual.

Intentaré clarificar ciertos conceptos que quizás ni yo mismo tenga muy claro por la experiencia, aunque si en teoría y entrar en un debate ontológico y biopsicosocial… lo de siempre, ¿qué fue primero la gallina o el huevo?… NATURE VS NURTURE en el terreno “transgenero”. Por tanto, no quiero generar falsas expectativas y subrayar que es exclusivamente mi opinión, tan válida y respetable como cualquier otra.

Aspectos Clinicos y jurídicos:

Empecemos preguntándonos ¿Cómo acepta la contra sexualidad a la autoridad médica y la jurídica? ¿Que implica el cambio de sexo en los transexuales y porque es necesario a veces llevarlo a cabo y otras veces no, según la persona?

Antes que nada vamos a detenernos en el concepto de “intersexual” y las diferencias entre un “transgenero” y un” transexual”. El “intersexual” (que abarca todo el género “trans”) son las personas que por diferentes motivos casi todos biológicos en el desarrollo fetal, su identidad de género no corresponde con su asignación de sexo biológico que muestra. Hacer notar que en un estudio realizado por el “Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH – SIDA” se comenta que entre el 0,1% y 1,1% de la población mundial en edad reproductiva es transgénero (Joint United Nations Programe on HIV/AIDS, 2014).

El intersexual, se corresponden a las personas que teniendo un cariotipo biológico XX poseen fenotipo masculino, o viceversa, cariotipo biológico XY con fenotipo femenino, aquí abarcaríamos seudohermafroditismo tanto masculino como femenino, síndrome de sensibilidad androgénico, hiperplasia adrenal congénita, disgenesias y síndromes gonadales.

Los patrones normalmente suelen ser genéticos  causados por divisiones celulares, mutaciones cromosómicas diversas. Carga hormonal inversa o mutación del gen SRY. Hacer notar que casi todas estas patologías son funcionales a nivel sexual, (excepto las disgenesias y la hiperplasia suprarrenal) y están relacionadas con el desarrollo del conducto de Wolff en hombres y su inhibición respectiva del conducto de Müller femenino.

Hay que recordar que en principio todos nos desarrollamos “niñas” a nivel embrionario hasta que entra en juego el gen XY masculino del cromosoma 46 y cambia el desarrollo gonadal. Este desarrollo no acaba al nacer sino que sigue en juego en la pubertad, ya que existe en la infancia un periodo de latencia en la que los órganos sexuales externos completos no se desarrollan a nivel hormonal.

Por tanto no son casos tan extraños. También sabemos que en las sociedades antiguas. Por ejemplo, los indios mohave, aceptan que un hombre biológico pueda convertirse en una mujer social y viceversa; también las “muxes” pertenecientes a la cultura zapoteca en Oaxaca (México) y los “hijras” en la India, comparten estas mismas culturas, (Stryker, 2017).

El término “transexual” es bastante reciente, fue utilizado por primera vez por el endocrinólogo Harry Benjamín en 1953, para distinguir a los individuos que desean vivir de forma permanente como miembros del sexo opuesto, al existir una incongruencia entre el sexo con el que nacieron y el sexo al que sienten pertenecer, (Gastó Ferrer, 2006).

De hecho el/la “transexual” se distingue del “transgenero” dentro del grupo de los intersexuales en que el primero se siente mal con su cuerpo porque cree que los genitales que le acompañan no le corresponden, y su cognición marca que “vive encerrado en un cuerpo que no es el suyo”. Mientras que el segundo no es afectado a nivel cognitivo, le da igual y no le preocupa en exceso.

Esto genera en los/las “transexuales” lo que se denomina en términos médicos como “disforia de género”. Este término fue creado por Norman Fisk, en 1974, para referirse al malestar sufrido por las personas que no aceptaban su género asignado en el nacimiento, (Fisk, 1974). La disforia de género tiene dos características concretas:

  • Identificación fuerte y persistente con el sexo opuesto, o una insistencia en que uno es del sexo opuesto.
  • Incomodidad y el deseo de deshacerse de las características sexuales al nacimiento y el deseo de adquirir las características sexuales del sexo opuesto.

Es entonces cuando el vademécum diagnostico DSM-IV introduce varios cambios en la clasificación diagnóstica: abandona el término transexualismo y en su lugar se utiliza el “trastorno de identidad de género” (TIG). Bajo el “trastorno” se engloba una serie de descripciones de síntomas, acciones o comportamientos específicos que lo diferencian del concepto de “enfermedad”, ya que esta debe cumplir por lo menos dos de los siguientes factores: tener signos y síntomas identificables, alteraciones anatómicas, o un
agente etiológico reconocible.

No confundir “disforia de género” con cualquier otro trastorno dismórfico corporal (dismorfofobia), que suele incurrir en el caso de alguna tipología obsesiva respecto a cualquier característica física o complejo de autoimagen, real o imaginario, que suele darse en los trastornos de alimentación (anorexia, bulimia etc.,). No obstante en la transexualidad tanto la disforia de género como la dismorfofobia, pueden estar correlacionados sobre todo en la adolescencia “trans”.

Por tanto, se podría decir que la “intersexualidad” en sí, no supone una distorsión ni una incongruencia en la infancia. No hay trastorno ni problema de la identidad. En consecuencia  se puede considerar que la infancia es una etapa de desarrollo con una gran dependencia del entorno familiar y escolar y con una marcada plasticidad psicológica. Durante ese proceso la identidad de género puede mutar.

Por tanto sabemos que a raíz de la “disforia de género” los “transexuales” adultos  en función de sus necesidades llevarán la operativa de cambio de sexo hasta su final, aunque tengan que pasar por más de dos años de adaptación psicológica y físico-anatómica. Tener que hormonarse y padecer todos los inconvenientes y riegos que a corto plazo puede llevar la cirugía. Ya que su finalidad es ser “cisgenero”. Mientras que el resto de los “transgenero” no lo necesitan o no lo ven prioritario. Y en estos casos los “transexuales” aparte de restaurar su disonancia cognitiva respecto a sus genitales; necesitan también identificarse con una congruencia social normativa y jurídica que los apoye o más bien que los proteja. Ver: El trauma en la transexualidad…

Jay  Prosser en su libro “Second Skins: the Body Narratives of Transsexuality” (1998), diferencia entre transexuales que buscan un “hogar” de género (passing) y aquellos que viven en las “tierras fronterizas” entre géneros (crossing). Prosser propone una distinción entre transgénero y transexual para evitar la “universalización de lo trans” (Prosser, 1998).

Según Soley-Beltran (2009), en (Gabaldón 2020); la transexualidad, hoy en día, sigue formando parte de las categorías médicas patologizantes que han operado y operan como reguladoras de lo que podemos denominar “la verdad del género”. Y esto sucede porque la sociedad necesita parámetros de normatividad y normalización social en las que se exige una concordancia entre sexo y género. Estableciéndose así, una heterosexualidad obligatoria que nos haga entender al común de los mortales una visión especifica del mundo.

Desde esta perspectiva es necesario entender la experiencia “trans” no como una patología, un desorden de identidad o un problema, sino como un conjunto de construcciones y elecciones de carácter personalísimo, de trayectorias heterogéneas, fluidas y cambiantes que deberían ser aceptadas socialmente y legitimadas por la ley.

Por eso, se deben de dejar claro cuatro  aspectos fundamentales dentro de la adolescencia “transgenero” o de conducta “no binaria” vinculada al desarrollo evolutivo de los jóvenes dentro del espectro social y sanitario, (Gabaldón, 2020):

  • En la infancia y la adolescencia, tanto las identidades “trans” como las diversas expresiones de género, no constituyen un trastorno mental.
  • Que las variaciones tanto en la identidad como en la expresión o “rol de género” son aspectos normales y forman parte de la diversidad humana, y las definiciones binarias de etiquetaje social de género no siempre reflejan la identidad de género emergente en la persona.
  • Que la identidad de género evoluciona y es una consecuencia de todas las interacciones bio-psico-sociales, culturales y religiosas que un individuo experimenta en su proceso de crecimiento e interacción con los demás.
  • Que la medicina hoy en día, aún con los hándicaps institucionales y jurídicos añadidos hace lo que puede respecto a los aspectos “patologizantes” de la transexualidad en los países desarrollados y democráticos y que cualquier patología derivada, si la hubiera, proviene más bien del rechazo o las experiencias negativas del adolescente “trans” en su entorno vital (su microsistema) familia, colegio, amigos, etc. O respecto a la proyección de su sistema de valores (educación, cultura, religión).

Me refiero en estos cuatro puntos al posible rechazo del adolescente “trans” en cualquiera de sus facetas de desarrollo vital. Vinculados a un posible “bullying” y a las posibles disonancias cognitivas internas respecto al género, que todo esto conlleva en el sujeto, respecto a su entorno social.

Respecto al tema jurídico también existe una cierta hipocresía respecto a la “transexualidad”. En el derecho se concibió a la persona cisgénero y heterosexual como normal, y a los homosexuales y transgéneros como anormales; y en la medida que se alejaban de lo normal y de las normas, el afán jurídico fue sancionar o corregir la diferencia mediante la asimilación.

Al despenalizarse la cirugía transexual en 1984 era cuestión de tiempo que una persona “reasignada quirúrgicamente” en su sexualidad reclamara una nueva identidad jurídica acorde con su nuevo sexo biológico. Pero aquí, de nuevo los legisladores optaron por una comisión legislativa de la que se ocupó el Tribunal Supremo que, en su búsqueda de la asimilación anatómica y psicológica, asienta el criterio, en 1988, de “ficción de hembra”.

Los supuestos de “ficción de hembra” que contempla el ordenamiento jurídico privado han de aceptarse para la transexualidad, de manera que el varón operado transexualmente no pasa a ser “hembra”, sino que se le ha de tener por tal, por haber dejado de ser varón por extirpación y supresión de los caracteres primarios y secundarios y presentar unos órganos sexuales similares a los femeninos y caracterología psíquica y emocional propias de ese sexo; debiendo corresponderse en la inscripción con la realidad en lo referente al sexo y sus posibles modificaciones y rectificaciones (Tribunal Supremo, STS 15 de julio de 1988).

Y esto sirve para la inscripción jurídica sexual, no para la médica. De ese modo, parece que todos somos iguales en derechos mientras que seamos iguales a lo normal como personas hetero- normativas  y si no lo somos, debemos parecerlo.

Desde mi punto de vista es  una forma de trans-humanismo narrativo jurídico, o de ponerse la venda antes de la herida, aunque la finalidad era positiva. Venda que se puso en Naciones Unidas en el 2007 con unos principios de Yogyakarta, bastante confusos, respecto a los derechos humanos de los colectivos minoritarios LGTB, sobre todo “transexuales” que quieren ser cisgenero con el cambio de sexo.

A nivel jurídico sobre todo y en solo algunos entornos a nivel médico. Sólo como sexuado el cuerpo tiene sentido, un cuerpo sin sexo se considera monstruoso. La atribución de la monstruosidad, según Stryker (2017), sigue siendo una característica palpable de la mayoría de las representaciones de transexuales incluso entre los colectivos de lesbianas y homosexuales.

Según esta lógica social, a partir de un órgano periférico (la nariz, la lengua, o bien los dedos), por ejemplo, es imposible reconstruir la totalidad del cuerpo como sexuado. Así pues, los órganos sexuales no son solamente “órganos reproductores”, en el sentido de que permiten la reproducción sexual de la especie, sino que son también, y sobre todo, “órganos productores” de la coherencia del cuerpo como propiamente “humano”.

Los llamados cuerpos “intersexuales” o “trans” crean una nueva narrativa progresista de identidad a nivel social. Y los transexuales con el cambio de sexo, generan en la sociedad un movimiento transhumanista, mal entendido, respecto a lo no convencional. Donde la gente tiene una imagen de ellos/ellas en la que destacan más las prótesis médicas la cirugía y como comentábamos antes el concepto de “ficción hembra” a nivel jurídico y la “fenomenología Frankenstein”, parafraseando a Stryker (2017) en referencia a la famosa novela de Mary Shelley.

Pero realmente es al revés, los transexuales con proyección en el cambio de sexo, están reivindicando a nivel esencialista el binarismo normativo y el cisgenero. Y se alejan en cierta manera de las teorías queer. Personalmente y en función de mi experiencia en este campo, no he visto nunca en un transexual MTF (male to female) que quiere realizar la conversión sexual; un comportamiento femenino figurado. Su feminidad normalmente es palpable.

Como comenta Prosser (1998), en sus escritos. Los/las transexuales con proyección de cambio de sexo, no buscan ser performativos, no buscan cobijarse en un posible género construido no binario o “drag” simplemente buscan “ser”. No quieren deconstruir las identidades masculino/femenino sino que lo que quieren es descansar en ellas, en las que se sientan más cómodos/as.

Para dejarlo claro, los transexuales con proyección de cambio de sexo, no están por los constructivismos de las teorías “queer” subversivas a nivel social. Ni por los “no binarismos”, sin embargo, en la juventud actual se ve una cierta tendencia subversiva y postmodernista transhumanista hacia lo “queer” más radical a nivel social, y eso puede generar cierto cansancio sexual, en la juventud a nivel genérico. Sobre todo en el colectivo “cis” tanto hetero como homosexual.

Aspectos Sociales:

¿Piensan todos los jóvenes lo mismo sobre el sexo, o no? ¿Cansancio sexual en los adolescentes? ¿Fetiches, drogas sexuales, pornografía y trans-humanismo sexual entre adolescentes? ¿Hacia dónde se dirige la sociedad, teorías trans… postmodernismo queer, esencialismo o constructivismo social?…

Empecemos, nunca mejor dicho, por el principio. A partir de mediados de los años sesenta del siglo XX. La concepción sexual cambió radicalmente, si antes el sexo en función de movimientos culturales y religiosos, estaba concebido para la procreación. A partir de la fecha comentada hubo un cambio de paradigma y la práctica sexual ya no se concebía solo para la procreación sino que también se concebía para el divertimento.

A partir de la revolución sexual de los años sesenta del pasado siglo, los roles de género cambiaron. La mujer dejaba de ser un simple “continente” de placer para el hombre con el afán de la procreación. Y por tanto éste último, debía estar más pendiente de los deseos de su pareja respecto al tema de dar y recibir placer.

Como evidentemente este es un tema más educacional que práctico y pensando en el “hándicap” que tiene el hombre como mamífero superior de eyacular rápido para que no se lo coman posibles depredadores; porque nuestro cerebro a través de la amígdala piensa igual hoy en día que en el pleistoceno. Se extendió el término “patologizante” en los hombres de “eyaculación precoz”. Y en las mujeres el mito del orgasmo vaginal.

La demanda de un mejor desempeño sexual hace eyaculador precoz (en sentido metafórico) a todo hombre. Aunque dure cincuenta minutos en el coito, puede ser que su desempeño siempre sea deficiente. En la mujer ocurre igual con el orgasmo vaginal, no es una cuestión de “frigidez” es una cuestión de terminaciones nerviosas.  Casi TODO es clítoris, tanto por fuera como por dentro de la vagina (mito del punto G).

En su libro “Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad” el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, formuló una hipótesis que ha traído problemas a la autoestima de muchas mujeres. En él, el austriaco afirmaba que la sexualidad femenina sólo era plena si el orgasmo se obtenía a través de la vagina (ya que era un orgasmo más maduro). La otra forma de llegar al clímax, la estimulación del clítoris era, así, definida como un orgasmo “de segunda” (orgasmo más infantil e “histérico”). Es normal que Freud dijera estas cositas en la Viena patriarcal de finales del siglo XIX. En una sociedad falocentrista lo importante es el uso de la vagina de forma pasiva (invisibilidad de la mujer).

Y es desde entonces, donde  el  placer sexual parece que esta focalizado en los órganos pene/vagina. Por tanto a partir de los años sesenta del siglo pasado, donde se exige sexo “festivo” con estos conceptos tan retrógrados; la eyaculación precoz, las disfunciones eréctiles por proyección de falsa expectativa y la dispareunia (sexo doloroso femenino) están a la orden del día.

Es entonces cuando surge un cansancio sexual generalizado, los amantes se sienten excluidos de ofrecer y recibir nuevas modalidades de amarse, de complacerse sexualmente. La autoexclusión sexual para no soportar más “trabajos forzados” lleva a la generación de seres humanos a ser indiferentes a lo erótico. Y es gracias a esta grieta donde empieza el trans-humanismo sexual, a principios de este siglo.

La sociedad del siglo XXI no es una sociedad disciplinaria, sino del rendimiento sexual. Es necesario, como imperativo, satisfacer con un cuerpo perfecto, con unos genitales excepcionales y con habilidades sexuales que incluso superaran nuestra propia fisiología.

Desde operaciones para ampliar órganos sexuales primarios y secundarios (mamas en mujeres, penes en hombres). Hasta utilizar de forma generalizada a partir de una cierta edad madura la Viagra (sildenafil), la utilización de “dildos” y  múltiples juguetes sexuales, muñecas y muñecos sexuales, la estimulación “on line” a través de internet, pornografía. Y esto es lo más normalito. Luego podríamos pasar a algo más “bizarro” biomecánica sexual (vibradores implantados en la base del pene, imanes implantados en vaginas)  etc. En busca del posgenerismo y el cyborg sexual, (Haraway, 1984).

El conflicto entre lo natural y lo artificial en sexualidad ha sido fuente de múltiples debates filosóficos y teológicos por siglos. Hoy resulta difícil pensar que el sexo es absolutamente natural. Desde la anticoncepción hormonal hasta los imanes implantados en vaginas, nada resulta natural al ciento por ciento.

En estos casos en la juventud, existe una polarización entre lo disidente sobre todo en los constructos sociales “no binarios” y transhumanistas radicales que se pueden considerar extremistas en el campo sexual. Y el otro extremo son los asexuados y demisexuales que consideran la intimidad como el “poder jugar debajo de las sábanas sin tener que pensar en lo que hay debajo de los pantalones”.

El cíborg sexual no está sujeto a la biopolítica de (Foucault, 2005); donde se habla de sexo, se compartimenta y se especifica para así enmascararlo. Sino que desde mi punto de vista el posgenero, simula políticas constructivistas sociales, un campo de operaciones más poderoso. La fenomenología “Frankenstein” en todas sus facetas y más allá del movimiento “transexual” al que se acoge como “chivo expiatorio”; no deja de ser una forma de subversión o disidencia social postmoderna. Más allá de las teorías queer y los postmodernismos feministas de última generación.

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Bibliografía:

Butler, J. (2002): Cuerpos que importan. Sobre los límites y materiales discursivos del “sexo”. Paidós SAICF. Buenos Aires.

Fisk, N. M. (1974). “Gender dysphoria syndrome. The conceptualization that liberalizes indications for total gender reorientation and implies a broadly based multidimensional rehabilitative régimen”. West J Med., 120(5), 386-391

Foucault, M. (2005). Historia de la sexualidad 1: La voluntad del saber. Madrid: Siglo XXI

Freud, S..  (1901) Obras completas de Sigmund Freud. Volumen VII – “Tres ensayos de teoría sexual, y otras obras” (1901-1905),

Gabaldón Fraile, S. (2020). Infancia y Adolescencia Trans. Reflexiones éticas sobre su abordaje. Tesis Doctoral UB.

Gastó Ferrer, C. (2006). “Transexualidad. Aspectos Históricos y Conceptuales”. Cuadernos de Medicina Psicosomática, 78, 13-20

Haraway , D. (1984). “Manifiesto Ciborg: “el sueño iró­nico de un lenguaje común para las mujeres en el circuito integrado”. 1984. NY. Routledge.

Prosser, J.(1998) “Second Skins: the Body Narratives of Transsexuality”. New York, Ed. Columbia University Press, 1998.

Soley-Beltran, P. (2009). Transexualidad y la matriz heterosexual: un estudio crítico de Judith Butler. Edicions Bellaterra

Stryker, S. (2017). “Historia de lo trans: las raíces de la revolución de hoy”. Madrid: Ed. Continta Me Tienes.

2 respuestas a «De identidades de género, contra sexualidad post y trans-humanismo.»

  1. Interesante. Desde mi punto de vista, como en todo, hemos ido de un extremo a otro. Antes una sexualidad rígida, ahora una liquidez total. Posiblemente en unos decenios se encontrará cierto equilibrio. Desde el feminismo, subrayamos las intervenciones transgénero como producto de consumo. No entramos en el mérito del caso individual, que se aborda en consulta. Sino que señalamos que el prototipo de mujer que estas personas persiguen ya no nos pertenece a las mujeres (hincapié en el aspecto físico normativo, en la vestimenta, en el peinado, en atributos exteriores. Muchas colegas se preguntan si realmente basta con ponerse un vestido, tacones y maquillarse para transformarse en mujeres. La transicción opuesta, mira por dónde, no es tan frecuente y no suele hacerse de manera tan extremada (de hecho, muchas mujeres solemos, por ejemplo, llevar pantalones siempre o casi). Es un pequeño dato que da cuenta de ciertas incongruencias. Por otra parte, señalamos como positivo el posicionamiento de sexualidad como continuum, donde pueden existir matices y donde los encasillamientos suelen ser patológicos. Pero justamente esto nos lleva a criticar la actitud “queer” que citaba arriba. Si la sexualidad es líquida, no se tendría que reducir todo a la identidad rígida con un género y perseguir determinados atributos físicos a toda costa. Lo que juzgamos no es la elección individual sino la presión social que al final es la misma: la misma presión para que una mujer se vista sexy, se maquille, se depile…. se traduce en obsesión por las cirugías de las personas transgénero. Tema interesante para trabajar con los jóvenes, sin duda, a partir de la aceptación de las identidades diferentes, tanto si es una persona de sexo masculino que quiere transicionar a mujer, como si es una persona de sexo femenino que rechaza los estereotipos del aspecto femenino considerado socialmente normativo.

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