El apego, en el trauma intrafamiliar…

Allan Schore, (2009) y Daniel Siegel, (1999) constatan que el desarrollo neuronal y psicológico en la primera infancia y socialización primaria son fundamentales y dependen sustancialmente de las figuras de apego. Mientras que Schore, mantiene la teoría de que el cerebro del niño se desarrolla a través de la interacción madre / hijo; Siegel,   lo complementa comentando que lo que se registra en la mente y el cuerpo del bebe a través de la “experiencia” se corresponde a nivel neuronal con la activación de células cerebrales, tanto del niño como de su cuidador, ya sea este biológico (madre, padre etc.) como social (cuidadores externos).

Resumiendo: la arquitectura del cerebro es asociativa a nivel de feedback. Es decir, las conexiones sinápticas que se generan se asocian a la totalidad de los estímulos madre / hijo, modelándose la experiencia a través del aprendizaje. En el caso contrario una madre o padre negador proyectará angustia en su hijo, impidiendo el desarrollo de sus conexiones neuronales, restándole la capacidad de sentir emociones que regulen su homeostasis y de esta manera el aprendizaje será disruptivo a nivel patológico.

El tronco encefálico, base en el desarrollo del niño, tiene las funciones de regular, la digestión, la respiración, el latido del corazón, los ritmos circadianos y los reflejos que impulsan el proceso de apego. Además, regula el SNA (sistema nervioso autónomo) a nivel del mecanismo lucha/huida en el caso de amenaza. Schore (2002) denomina al tronco encefálico como el fondo fisiológico de la mente.

¿Qué ocurre entonces en un trauma grave de la infancia a nivel cerebral?… En el tronco encefálico nace el nervio vago, que regula nuestra conducta en situaciones que percibimos como seguras o como peligrosas. Si nos sentimos seguros el nervio vago ventral mielinizado pulsa el “freno vagal” atenuando el sistema nervioso simpático; (calma el cuerpo y baja el ritmo cardiaco) en el caso contrario si existiera una amenaza o un peligro que atentará contra la integridad del sujeto, se suelta el freno vagal desinhibiendo el sistema nervioso simpático movilizándonos para la conducta de acción (lucha/huida), si la amenaza es de muerte el nervio vago dorsal no mielinizado y más primitivo provocará la paralización parasimpática y la inmovilización, el complemento psicológico a esta reacción física del trauma es la disociación. (Schore 2009), Es cuando las víctimas de un hecho traumático, si este ha sido muy grave, comentan, “me quede congelado”.

El tronco encefálico sería el análogo al cerebro reptil en las teorías de Mac Lean (1990) sobre el cerebro triuno. Vinculado con el cerebro paleo mamífero que sería el sistema límbico o cerebro emocional (hipocampo, amígdala). Es decir, mientras el nervio vago del tronco encefálico nos evoca la consciencia de la parte visceral del trauma. La amígdala del sistema límbico nos evoca la consciencia de la parte emocional. Ya que ésta constituye tanto un órgano de memoria como de evaluación. Registra la experiencia en forma de recuerdos emocionales presimbólicos no conscientes. La tercera parte del cerebro triuno más desarrollada seria la estructura del cortex cerebral principalmente el frontal, el prefrontal constituido por el medio junto con el dorsolateral y el (COF) orbitofrontal, además del neocortex.

El cortex prefrontal enlazaría el sistema límbico con el tronco encefálico. El ejecutivo sería el córtex frontal vinculado a lo que llamamos cerebro social y anímico a través del proceso de apego y los procesos conductuales seria a través del COF (ínsula y cingulado). Todos estos procesos corticales se pueden profundizar en el modelo de Hawkins (2005) y sus “representaciones invariantes” según (Hawkins, 2005) “La mayor parte de lo que se percibe no viene de los sentidos, sino que se genera en el modelo de memoria interna”. Sin representaciones invariantes el mundo que experimentaríamos seria como el del niño, ya que no tiene todas las estructuras corticales totalmente desarrolladas ni tampoco el lenguaje.

A nivel de bilateralización hemisférica sabiendo que el procesamiento y la representación de la experiencia se canaliza de forma diferente. El hemisferio derecho emocional controla el sistema parasimpático y el izquierdo racional controla el sistema simpático y que esta gestión del SNA es totalmente diferenciada. Podemos deducir que cada hemisferio representa la información de forma diferente, el derecho más vinculado con el sistema límbico la procesa de forma analógica de forma integrada y el hemisferio izquierdo más vinculado con el área del lenguaje y la identificación sensorial y atencional, deconstruye la información de manera digital. Los dos hemisferios deben estar equilibrados a través del cuerpo calloso.

En la infancia a veces las amenazas percibidas provienen más de las señales afectivas y de la accesibilidad del cuidador, que, del nivel real de peligro físico o riesgo para la supervivencia, como comentábamos antes. El procesamiento de la experiencia en el ser humano se realiza a través de la filtración, interpretación y transformación de la información sensorial que le llega, la cual puede proceder del interior: músculos, vísceras, equilibrio químico relacionado con la alimentación, respiración, fatiga, etc. O del exterior: imágenes, tacto, olfato y sonido. Estas sensaciones carecen de sentido hasta que son configuradas e interpretadas a nivel emocional y cognitivo. Por tanto, la mente necesita crear una respuesta adaptativa a todos estos inputs que no solo deben producir satisfacción interna, sino que a la vez deben estar en concordancia con las demandas y expectativas del entorno. El trauma consiste en que determinadas sensaciones negativas del pasado quedan grabadas en la mente y el cuerpo, tendiendo a ser interpretadas en el presente de forma desadaptativa debido al anclaje emocional que las une en el pasado.

De ahí que las personas que hayan sufrido apegos elusivos o negadores con traumas infantiles al haber estructurado memorias sinápticas con hiperactivación del hemisferio derecho e hipo activación del izquierdo se sienten desconectados ya que viven sus experiencias solamente desde el hemisferio izquierdo que sería su (PAN) o parte aparentemente normal, dentro del proceso disociativo. Lo que llamaríamos mente descorporizada, ya que disocian sus experiencias y las viven desde sus (PE,s) partes emocionales, es decir lo que sería solamente un cuerpo sin mente, solamente somático y emocional. Y para que el “yo” funcione correctamente tiene que existir la inseparabilidad mente / cuerpo e integrar todas sus dimensiones.

Muchas experiencias traumáticas sufridas en la infancia (sobre todo abusos sexuales), pueden no recordarse en la edad adulta, sobre todo si son intrafamiliares, ya que existe una discordancia cognitiva en la víctima, vinculada al hecho traumático y el apego de confianza. La probabilidad de la amnesia disociativa puede también minimizar los efectos traumáticos consecuentes en la adultez; tanto en el Trastorno límite de personalidad (TLP), como en el (TID) trastorno de identidad disociativo y también en el (TDNE) trastorno disociativo no especificado, junto con el (DESNOS) trastorno de estrés extremo.

Los estudios en neurobiología del desarrollo muestran que la resiliencia infantil depende en un grado importante de las experiencias de apego en su socialización primaria. Los estudios longitudinales sobre este tema muestran la persistencia de los patrones de apego en la infancia en la adolescencia y en la edad adulta. Bowly (1988) define la conducta de apego como una propensión instintiva, mostrada por los humanos y otras especies, a buscar seguridad y protección de otro individuo específico percibido como cuidador, en situaciones donde se dispara el miedo u otros sentimientos asociados con la percepción de vulnerabilidad.

La conducta de apego, está vinculado a un sistema innato en el cerebro que evolucionó para dar seguridad al niño, ya que este buscará la proximidad de su progenitor para utilizarla como refugio seguro cuando sienta malestar, e internalizará en su mente este modelo como seguro. Pero ¿qué ocurre cuando el cuidador es el agresor? Que el niño comienza a trabajar la intersubjetividad y descubre que tanto él como su cuidador tiene mente y que la materia de la mente interna (intersubjetividad) se puede compartir (influencia intermodal de la memoria implícita). Pero hablaremos de la memoria y el trauma, más adelante. Ahora toca hablar del trauma en el apego.

Siegel y Hartzel (2004) definen el apego desde tres parámetros básicos, el ABC:

  • (A) Attunement: Hace referencia a la sintonía padre / hijo, es el resonar. El estado interno del padre está alineado con el de su hijo, esto suele acompañarse de señales no verbales observables y contingentes.
  • (B) Balance: equilibrio de regulación. El niño se equilibra y regula en su cuerpo, emociones y estados mentales a través de la sintonía de su progenitor.
  • (C) Coherence: Coherencia, el sentido de integración que el niño adquiere a través de la relación con el progenitor, hará que se siente internamente integrado y en conexión con los demás.

La adaptación automática del niño a las figuras de apego está enraizada en los instintos de supervivencia. De entrada, el vínculo de apego en él, se estructura a través de los reflejos vinculados al tronco encefálico, pero el apego también es estructurado a través de la necesidad de sentir seguridad y confort. Es decir, que el sistema homeostático este equilibrado. La regulación de afecto se aprende y se co-crea a través de los progenitores, como hemos comentado anteriormente.

Por tanto, si el cuidador del niño es el agresor…. ¿cuál es la respuesta del abusado después de la experiencia traumática? Pues ocurriría que los sistemas de acción mental del niño se desregularían y además, en un niño, el trauma no puede ser “hablado”. Si el niño es demasiado pequeño, todavía no tienen bien desarrollado el hemisferio racional izquierdo que se vincula al área de Broca el cuál sufriría un hipo activación entrando en juego el sistema nervioso parasimpático, de dejación en la experiencia para que no sea “sufrida” en ese momento, pero si trasladada a la memoria implícita no verbal, como comentamos anteriormente en la influencia intermodal. Y en el momento en que entrará un nuevo desencadenante negativo en la adultez se repetiría la conducta infantil y de esta manera se produciría la disociación de la personalidad.

En función de la conducta del cuidador el niño genera una acción mental determinada frente al apego. En los estudios de la “entrevista en el apego adulto y el experimento de la situación extraña” realizados por Main y Solomon (1986). Se demuestra como existen cinco formas diferentes de apego infantil en función de la conducta de su cuidador.

  • Si el apego del cuidador es seguro, el niño busca el contacto físico, la proximidad y la interacción, en cuanto se produce un trauma de separación el niño puede ser calmado con facilidad volviendo a la exploración y al juego, (apego normal).
  • Si el apego del cuidador es distante, el niño evita e ignora el contacto, tanto físico como de interacción atencional a nivel comunicativo, (apego ansioso evitativo).
  • Si el apego del cuidador es de preocupación o miedo, el niño se vuelve inseguro y resistente. El niño alterna entre el ignorar a su cuidador si lo tiene en su campo visual, a ponerse muy nervioso, si no lo ve. En el retorno de interacción el niño se aferra a su cuidador y llora, pero mira a otro lado y no entra en contacto visual. (apego ansioso ambivalente).
  • Si el apego del cuidador es desorganizado o irracional, el niño si no ve a su cuidador entra en colapso a nivel conductual (se congela) y ejercita conductas estereotipadas cuando lo vuelve a encontrar, (apego desorganizado).
  • Si el apego del cuidador se basa en abusos, negligencia o abandono, entraríamos en una función ya no de desorganización del apego, sino de disrupción ya que el niño sabe que su cuidador le debe proteger y no dañarle. Si esto se produjese el niño seria consciente de que el agresor es a la vez la persona necesaria para su desarrollo evolutivo. De ahí que el niño viva esa experiencia como altamente traumatizante y entre en la disociación de su personalidad (diversas identidades de su yo interno) para poder protegerse y seguir viviendo, eso sí con todos sus sistemas de acción desestructurados, (apego desorganizado disruptivo). Este tipo de apego en el niño lleva en la edad adulta en un alto porcentaje a la disociación de la personalidad y al trastorno limite de la personalidad, (TLP). Aunque no exista trastorno postraumático.

Bibliografía:

Bowlby, J. (1988). A secure base: Parent-child attachment and healthy human development. New York: Basic Books

Hawkins, J., (2005). On Intelligence: How a New Understanding of the Brain will lead to the creation of Truly Intelligent Machines. Ed: New York: Owl books/holt.

MacLean, P. D. (1990). The triune brain in evolution: Role in paleocerebral functions. Springer Science & Business Media.

Main, M., & Solomon, (1986) Discovery of an insecure-disorganized/disoriented attachment pattern.

Schore, A. N. (2002). Deregulation of the right brain: a fundamental mechanism of traumatic attachment and psychopathogenesis of posttraumatic stress disorder. Australian & New Zealand Journal of Psychiatry 36: 9–30.

Schore, A. N. (2009). Attachment trauma and the developing right brain: Origins of pathological dissociation. Dissociation and the dissociative disorders: DSM-V and beyond, 107-141

Siegel, D. J. (1999). The developing mind (Vol. 296). New York: Guilford Press.

Siegel, D. & Hartzell, M (2004). Parenting from the Inside Out: How a Deeper Self-Understanding Can Help you Raise Children who Thrive. New York: Jeremy P. Tarcher/Penguin.

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