Miedo: emoción vs constructo social…

El “miedo” conceptualmente lo podemos definir como una respuesta emocional puntual, normal y necesaria como proceso adaptativo en el desarrollo del ser humano. Aunque también puede ser una respuesta condicionada, que se gestiona a través del aprendizaje respecto a estímulos percibidos como aversivos.

Sin embargo, lo que denominamos “fobia” (del griego “fobos” pánico) no es una emoción, sino una sensación intensa, persistente en el tiempo y desproporcionada ante una posible situación u objeto que no representa un peligro real. La cronificación en el tiempo hace que la fobia sea desadaptativa y patológica, implicando un malestar importante en la persona que la sufre, al contrario que el miedo.

Se ha distinguido el miedo normal y el miedo patológico en base a determinados criterios, como el tiempo de duración, o el nivel de interferencia en el funcionamiento cotidiano entre otros factores. Sobre todo, en estudios con niños, (Miller, Barrett y Hampe, 1972). Para poder clasificar adecuadamente el miedo, debemos conocer primero los principales factores existentes que lo determinan. Es decir, sus raíces y las causas que lo generan.

En primer lugar, debemos aprender a naturalizar esta emoción, de lo contrario puede llegar a manipular nuestras vidas hasta el punto de volverse un trastorno patológico. Se debe aceptar el miedo ante un peligro y entender sus más estrictas connotaciones, de esta manera seremos capaces de aprender a regularlo. Debemos pensar en su principal función, ya que es un impulso emocional del sistema nervioso determinante para defendernos a nivel evolutivo. Solo tenemos que valorar si cuando aparece esta sensación estamos delante de un peligro real o de una amenaza irreal elaborada pretenciosamente por nuestra propia mente, siendo esto último lo más preocupante.

Valorando estos factores podríamos realizar una clasificación más o menos global, que discrimine el nivel de afectación del miedo en cada persona y en determinada situación. Destacando así, los tipos de miedo más estudiados y tratados a día de hoy, como son: el miedo físico, el miedo social y el miedo metafísico.

Desde el punto de vista biológico, el miedo es un esquema adaptativo, y constituye un mecanismo de supervivencia o de defensa surgido para permitir a la persona, responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. En este sentido, es normal y beneficioso para el individuo y para su especie.

Desde el punto de vista neurológico, el miedo es una forma común de organización del cerebro primario de los seres vivos, y esencialmente consiste en la activación de la amígdala, situada en el lóbulo temporal.

En 1986, el neurocientífico Joseph LeDoux (1949 -) propuso que existen diferentes vías en la amígdala para el condicionamiento del miedo. El mismo, propone que la participación de la amígdala en el condicionamiento del miedo actúa de dos maneras diferentes (LeDoux, 1995):

Una ruta directa tálamo-amígdala que puede procesar aspectos sensoriales de los estímulos entrantes y transmitir esta información directamente a la amígdala, lo que permite una respuesta rápida y condicionada del miedo, ante una señal de amenaza. Esta argumentación es influida por las ideas psicológicas estudiadas acerca de la activación de la emoción por Robert Zajonc (1923 – 2008), respecto a las emociones sin cognición y su teoría de la primacía afectiva, (Zajonc, 1980).

Esta teoría hace que LeDoux considere que existe esta vía rápida cuando el organismo necesita actuar rápido, como cuando se está amenazado por una serpiente y se necesita reaccionar rápido, normalmente con el “congelamiento” (LeDoux, 2002).

La segunda ruta es una vía tálamo-cortico-amigdalina, que permite un análisis más complejo de los estímulos entrantes y ofrece una respuesta emocional más adecuada pero lenta del miedo (LeDoux, 2002).

La lucha, la huida, la evitación del dolor y en general todas las funciones de conservación del individuo y de la especie, están reguladas a través de la amígdala. Este órgano del sistema límbico del cerebro, revisa de manera constante (incluso durante el sueño) toda la información que se recibe a través de los sentidos, y lo hace controlando las emociones básicas del miedo, encargándose de localizar la fuente del peligro.

Cuando la amígdala se activa se desencadena la sensación de miedo o ansiedad, y su respuesta puede ser la huida, el enfrentamiento o la paralización. Se ha encontrado que la sensación del miedo está mediada por la actuación de la hormona antidiurética de la vasopresina con el fin de equilibrar el proceso homeostático.

Desde el punto de vista fisiológico, el miedo se vincula al sistema nervioso simpático, que es el responsable de que el cuerpo disponga de su rendimiento máximo durante un breve periodo de tiempo, justo en el momento en que el individuo se ve presa del pánico y actúa luchando o huyendo. Entretanto, otras funciones que son menos importantes en este tipo de situaciones, decaen oportunamente, activando los sistemas alostáticos.

  • La musculatura se contrae en un intento de prepararse para la huida o el ataque, al tiempo que provoca cierto temblor y calambres generales.
  • El número de enzimas del estómago disminuye considerablemente para asegurar un ahorro de energía al tiempo que nos provoca sensación de náuseas.
  • Nuestro corazón late apresuradamente y la presión sanguínea aumenta. Esto provoca que dispongamos de mayor velocidad en el reparto de oxígeno entre los músculos. Esta acción puede acarrear una sensación de taquicardia, hormigueos en brazos y piernas o un molesto zumbido en los oídos.
  • La respiración pulmonar se acelera considerablemente para aumentar el intercambio entre dióxido de carbono y oxígeno; esta acción es la que provoca una molesta sensación de opresión en el pecho.
  • Nuestro sistema inmunitario decae con la intención de preservar la energía, motivo por el cual nos vemos más expuestos a infecciones.
  • Las pupilas de los ojos se dilatan y el líquido lacrimal disminuye para aumentar la percepción visual.

Una vez que la persona se ha librado de la situación u objeto estresante que produce el miedo, entrará a trabajar su sistema nervioso parasimpático, para volver a la homeostasis.

  • Los ojos aumentarán su líquido lacrimal, lo que provocará un lloro ineludible
  • El corazón empezará a latir más despacio y la presión arterial disminuirá, lo que puede ocasionar mareos y desmayos.
  • La respiración pulmonar se ralentizará en un intento para normalizarla, lo que conlleva a una desagradable sensación de ahogo.
  • Los intestinos y la vejiga se vacían para promover, si es el caso, una huida más acelerada, lo que puede comportar a padecer una micción incontrolada o relajación de esfínteres.
  • Finalmente, la tensión muscular se pierde de golpe, motivo por el cual surge rigidez y flojera en las rodillas.
  • En el caso de que la persona no se pudiera enfrentar a la situación estresante y llegará la “paralización” surgiría el síncope vasovagal, la persona desmayará y perderá el conocimiento.

Desde el punto de vista psicológico, el miedo es un estado afectivo y emocional necesario para la correcta adaptación del organismo al medio. Que provoca angustia y ansiedad en la persona, ya que la misma puede sentir miedo sin que parezca existir un motivo claro o tener un motivo cronificándose y convirtiéndose en “fobia”. Y de aquí surgen:

  • Miedo al miedo: como en los ataques de pánico. Ver:
  • Miedo al amor: en las personas con trastornos desadaptativos.
  • Miedo a la muerte: en los paranoicos e hipocondriacos, aunque este miedo es el más normal a nivel metafísico que estaría ubicado como miedo a lo desconocido a nivel general y no patológico.
  • Miedo al ridículo o a valoraciones negativas en los agorafóbicos o en personas con ansiedad social. Este miedo guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura, del transgeneracional familiar y de la vergüenza social.

Un experimento paradigmático en cuanto al condicionamiento del miedo, respecto a su posible conversión, fue el llevado a cabo por John Broadus Watson (1878 – 1958), – precursor del conductismo -, que junto con su ayudante Rosalie Rayner experimentó en un niño de once meses, conocido como el pequeño Albert, (Watson and Rayner, 1920).

El experimento consistía en provocar una reacción emocional de miedo en el niño ante la presentación de una rata blanca que inicialmente no provocaba en él reacción de temor alguna. Para ello, Watson y Rayner presentaron en repetidas ocasiones la rata al pequeño Albert junto con un ruido fuerte provocado por una barra metálica que era golpeada a espaldas del niño. Con las repeticiones, el niño acabó por mostrar una conducta de miedo ante la mera presentación de la rata blanca.

La conducta se generalizó posteriormente a otros estímulos similares a la rata blanca (un abrigo de piel, un conejo). La última fase del experimento, el descondicionamiento, nunca se llevó a cabo, debido a que el pequeño Albert fue sacado de la unidad hospitalaria en que se encontraba antes de poder darle término. Y se presupone después de realizar algunas investigaciones hace unos años, sobre su identidad y paradero, que este bebe murió con seis años de hidrocefalia, sobre el año 1926.

El experimento con el pequeño Albert abrió el debate sobre la ética a la hora de experimentar con seres humanos, contribuyendo al establecimiento de límites para este tipo de experimentos. Siendo la contribución de Watson muy discutida, aunque si, realmente efectiva, respecto al reflejo condicionado sobre el miedo.

Desde el punto de vista etológico evolutivo y del trauma, el miedo es un complemento y una extensión de la función del dolor. El miedo a nivel evolutivo no nos alerta solamente de peligros que nos han ocasionado dolor, sino que más bien nos alertan de peligros que generan una amenaza a la salud o a la supervivencia. Del mismo modo en que el dolor aparece cuando algo nocivo ataca nuestro cuerpo, el miedo aparece en medio de una situación en la que se corre peligro. A nivel evolutivo y desde un punto de vista del modelo etológico, el miedo tiene otra clasificación:

  • Miedo a perder.
  • Miedo a enfrentar.
  • Miedo al abandono.
  • Miedo a morir.

El miedo a perder: es la característica de la pelea constante para mantenernos en el primer lugar y si no lo hemos logrado, entonces estamos dentro de las características del macho subordinado, que tiene miedo al enfrentamiento con el macho dominante (alfa) porque no se sienten con la suficiente fuerza como para derrotarlo. Por tanto, no tiene acceso a las hembras y acaba subordinado terminando por someterse al macho dominante.

Las hembras para sobrevivir son las encargadas de las crianzas, dependen de los machos, ellas tienen miedo al abandono. Lo que hacen es implorar alimento, o protección de los machos dominantes. Las crías tienen miedo a morir porque son indefensas. Su característica básica es huir porque no tienen cómo pelear.

Ahí se ven los cuatro miedos básicos que se originan en el cerebro reptil desde el instinto de supervivencia: pelear, someterse, implorar, huir. Es lamentablemente y real que todos tenemos estos miedos atávicos (no dejamos de ser animales). De esa situación no hay sino una sola forma de salir, a través del desarrollo evolutivo y espiritual a través del aprendizaje. Mientras estamos regidos por la ley del instinto, estas situaciones son constantes y permanentes en nuestras vidas.

Toda esta parte de conflicto, ya en nuestro campo mental es lo que conforma el trauma, ya que este se está originando desde una característica básica del instinto de supervivencia donde no hay ninguna posibilidad de convivencia pacífica, donde no hay ninguna posibilidad de respeto al otro, donde no hay ninguna posibilidad de paz interior, ni de armonía porque no la hay en ese campo, solamente hay esos miedos que hemos citado, generando una carga alostática sobrante en el cuerpo, produciendo trastornos de conversión y disociativos.

El cerebro reptil en nosotros sigue estando en el paleo encéfalo, y sigue lanzando estas mismas características inconscientemente, seguimos comportándonos de esta manera, o como machos dominantes o como machos subordinados o como hembras con miedo a ser abandonadas o como críos con miedo a morir que huyen de todo. Lo que nos hace falta simplemente es hacernos conscientes de ello.

El miedo a perder genera una reacción de agresión, y ésta genera todos los problemas de relaciones humanas. El miedo a enfrentar produce una reacción de frustración interior, de ahí viene la baja autoestima. El macho subordinado se siente incapaz, débil, inseguro, baja la valoración de sí mismo. Así se generan los problemas de escasez.

El miedo al abandono, tiene la reacción de la protección, que genera problemas de ubicación, donde no se aprende a adaptarse a ningún lugar. Por tanto, las crías no pueden sobrevivir porque fueron sobreprotegidas, es la característica que se origina en el miedo de la hembra. El miedo a morir va a producir una reacción de evasión, quiere evadirse de la realidad, de la vida, y eso da problemas de salud.

Característica

Instinto

Trauma/Complejo asociado

Macho dominante

Miedo a perder

Inseguridad vs Orgullo

Machos subordinados

Miedo a enfrentar

Inferioridad vs Timidez

Hembras

Miedo al abandono

Posesividad vs Celos

Crías

Miedo a morir

Desconfianza vs Fobias

Condicionamiento del miedo a nivel social.

Desde el punto de vista social y cultural, el miedo puede formar parte del carácter de la persona o de la organización social, ya que a nivel social el miedo se pude condicionar. Se puede por tanto aprender a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos. El miedo social, se relaciona de manera compleja con otros sentimientos.

La historiadora neozelandesa Joanna Bourke, autora de “Fear: a Cultural History” (El miedo: una historia cultural) y directora del “proyecto trauma” en la universidad londinense de Birkbeck. Revela que el miedo, como un sentimiento colectivo e individual, varía con las épocas y los contextos históricos.

Por ejemplo, durante el siglo XIX, respecto a los temores metafísicos relacionados con la muerte inminente, los miedos estaban estrechamente vinculados a los aspectos relacionados con cualquier tipo de vida después de la muerte, así como los relacionados con la inquietud sobre el diagnóstico correcto del deceso. O, dicho de otra manera, que condujera a un entierro prematuro.

En nuestro tiempo, por el contrario, tendemos a preocuparnos mucho más sobre el hecho de que nos obliguen a permanecer vivos más de lo debido, denegándonos la oportunidad de “morir con dignidad”. Es el personal médico, en vez de los clérigos, el que preside cada vez más sobre el terror a la muerte. Los debates actuales sobre la eutanasia y la muerte asistida están relacionados con estos cambios.

Joanna Bourke (1963 -), sostiene que el principal transmisor actual del miedo son los medios de información de masas, pero en todo caso se precisa de la credulidad de la sociedad para que el pánico estalle. Tras estudiar los archivos históricos, la autora muestra cómo entre 1947 y 1954 estalló un pánico colectivo ante el abuso sexual de niños en EEUU pese a que los periódicos llevaban años publicando este tipo de noticias, (Bourke, 2009).

Otro caso estudiado por Bourke, es el pánico colectivo desatado por la retransmisión de “La guerra de los mundos” por Orson Welles en 1938, cuando una ficción radiada sobre un ataque alienígena a la tierra desató la alarma entre los estadounidenses. La autora recuerda que el precedente de ese experimento fue una emisión equivalente de la BBC realizada por Ronald Knox en 1926, con idénticos resultados de miedo colectivo en el Reino Unido. Este hecho fue olvidado posteriormente, tal vez por un sentimiento de vergüenza colectiva.

El miedo es una característica inherente a la sociedad humana, estando en la base del sistema educativo social que, como expuso de manera radical Burrhus Frederic Skinner (1904 – 1990), en buena medida se define por el esquema básico del premio y del castigo y es un pilar del proceso socializador.

Buena parte del sistema normativo se fundamenta en el miedo, como muestra el derecho penal. Skinner psicólogo conductista y colega de Watson fue el precursor del condicionamiento operante, basándose en los estudios anteriores sobre el condicionamiento clásico pavloviano.

Las religiones monoteístas evidencian un tipo de miedo religioso, el temor de Dios y cada una, desde el judaísmo hasta el islam pasando por el cristianismo, han desarrollado su particular teología al respecto. Es de destacar que en las culturas judeocristianas se recurre a adoctrinar en el periodo de aprendizaje infantil con amenazas de sufrimiento infinito y eterno si no se cree en sus postulados religiosos o si no se cumplen sus normas.

Otras religiones, como las orientales, léase budismo, hinduismo, confucionismo o taoísmo, se fundamentan directamente en la necesidad de evitar el dolor y el sufrimiento, por tanto, de manera indirecta, tienen una especial relación con el miedo, aunque no de forma explícita como las monoteístas.

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Bibliografía:

Bourke, J. (2009) “Los violadores: historia del estupro de 1860 a nuestros días” ed. Crítica, Barcelona 2009.

LeDoux, J. E. (1995). “Emotion: Clues from the brain”. Annual Review of Psychology, 46, 209-235.

LeDoux, J. (2002). “El aprendizaje del miedo: de los sistemas a las sinapsis”. En I. Morgado (Coord), Emoción y conocimiento (pp. 107-134). España: Tusquets.

Miller, L. C.; Barret C. L.; Hampe, E. y Noble, H. (1972). “Factor structure of childhood fears”. Journal of Consulting and Clinical Psychology. 39, 264-268.

Watson, J.B. and Rayner, R. (1920). “Conditioned emotional reactions”. Ed. Journal of Experimental Psychology, 3(1), pp. 1-14.

Zajonc, R. (1980). “Feeling and thinking: Preferences need no inferences” ed. American Psychologist, 35, 151-175

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