Memorias Traumáticas…

Después de más de cien años de estudio, nos hemos dado cuenta de que las huellas de una experiencia traumática no quedan  almacenadas en la memoria, como el relato de las cosas malas que nos han sucedido en algún momento del pasado, sino como sensaciones físicas que se experimentan como amenazas inminentes en nuestro presente. Por tanto hemos podido discernir la diferencia entre un recuerdo ordinario (historias que cambian y se disipan con el tiempo en la memoria) y un recuerdo traumático (sensación recurrente que va acompañada de una o varias emociones negativas como el miedo, la ira, el colapso o la vergüenza). Pero antes que nada, veamos lo que realmente es la memoria y como almacena los traumas…

A finales del siglo XIX en Salpetriere un alumno aventajado de Charcot, escribió el primer libro de lo que hoy llamaríamos trastorno por estrés postraumático (TEPT). Este libro se titula “L’automatisme psychologique” (1889) y su autor es Pierre Janet. En aquellos tiempos Janet ya estudiaba la razón por la cual hoy sabemos que nuestra experiencia subjetiva siempre tiene una parte corporal en la memoria, del mismo modo que todas las experiencias corporales tienen una parte mental. Es decir, hoy sabemos que el cerebro se programa a través de experiencias mentales que se expresan en el cuerpo.

Es importante tener esto en cuenta y poder comprenderlo ya que cuando tratamos a una persona traumatizada y le decimos que se calme o que respire tranquilo y profundamente lo único que vamos a conseguir en él es una reacción de pánico. A una persona traumatizada, le aterroriza oír su propio cuerpo y lo que le pasa por dentro. Y esto sucede porque el sistema nervioso en una persona sin trauma está constantemente en expansión y en repliegue en función de los acontecimientos externos. Sin embargo en una persona traumatizada su sistema nervioso está en constante repliegue es decir su estructura cuerpo/mente está separada una de la otra. Esto sucede porque las áreas del cerebro dedicadas a la autoconciencia (cortex prefrontal medio) y la conciencia corporal o sinestesia (ínsula) se encuentran encogidas. Y esto supone un gasto energético enorme en el individuo traumatizado ya que las mismas áreas del cerebro que expresan dolor y malestar son las que también se encargan de gestionar las sensaciones positivas como el placer, la alegría y la conexión con los demás.

Por tanto las memorias traumáticas son inherentes al traumatizado y su cuerpo y su mente carga con ellas como si fueran un conjunto de sensaciones, emociones y conductas en las que se siente atrapado y se tiene que liberar, ya que sino en cualquier momento puede volverlas a repetir. Esto es lo que se llama automatismo procedimental. La sanación en el trauma no puede lograrse mediante consejos, fármacos o parches de distintos tipos. La sanación en el traumatizado pasa por que él mismo pueda acceder a su memoria y verbalice sus sensaciones. Solo a través de la fuerza vital del testimonio hablado, solamente a través de la palabra podrá sanar. Pero para que esto ocurra necesita ayuda. Ya que por sí solo no puede realizar este proceso. O más bien no debe.

Para poder realizar todo esto, el traumatizado tiene que acceder a su memoria y realizar justamente lo contrario a lo que está acostumbrado. La persona traumatizada esta en guardia permanentemente a fin de impedir que los “demonios” de su pasado entren en su conciencia en el presente. Y lo que debe aprender es a dejarlos entrar en su conciencia, advertirlos sin juicio y observarlos tal y como son;  estructuras recurrentes de su memoria que activan programas innatos de acción motriz como son a nivel perceptivo la atención, concentración y evaluación. Y a nivel somático y de sistema nervioso: conducta de acercamiento o evitación, lucha o huida, paralización (congelación) o repliegue. Aprender a acceder prudentemente a la “sensación sentida” abre la posibilidad al traumatizado a que conecte con las señales de peligro que acechan en su interior y adquiera control sobre ellas, con el fin de discernir si son reales o no. Pero para que esto suceda hay que llegar a la experiencia somática.

Solamente a través de la terapia hablada conjuntamente con otro tipo de técnicas como la exposición conductual de forma muy sutil, la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares EMDR o algún tipo de psicología energética como el tapping, el traumatizado podrá llegar a su memoria traumática como algo almacenado en su cerebro y mantenido en el cuerpo con el fin de reestructurarlo. Hay que tener claro que la memoria traumática siempre queda fijada en reacciones instintivas del cuerpo ante una percepción amenazante. El anclaje de la emoción negativa como el miedo, el terror o la rabia, se pueden vincular con varios estados emocionales como bipolaridad, depresión o pérdida de energía vital y esto puede llevar si no se trata, a que el traumatizado presente conductas autodestructivas repetitivas. El problema durante muchos años es que para tratar el trauma psiquiatras y psicólogos por tradición académica solamente han querido terapiar la memoria declarativa, que es la memoria verbal accesible y consciente. Pero esta memoria solamente es la punta del iceberg del problema, apenas insinúa la base de la experiencia implícita del trauma, que reside en la memoria menos consciente.

Pero realmente, ¿qué es la memoria?, ¿y el recuerdo? ¿cómo se describe, cómo se estructura? ¿para qué sirve?…

Existen muchas teorías sobre la memoria, se supone por definición que la memoria es una función del cerebro que permite al organismo codificar, almacenar y recuperar la información de nuestro pasado. Investigaciones recientes muestran de forma clara que la memoria no deja de ser un proceso reconstructivo que continuamente añade, borra, reorganiza y actualiza toda la información que pasa por nuestros órganos sensoriales y sistema nervioso, para apoyar el continuo proceso adaptativo de vida y supervivencia.

Es decir, cada vez que observamos nuestros recuerdos los cambiamos y llenamos espacios. Existe una película antigua de 1950 de Akira Kurosawa “Rashomon” en la que cada uno de los cuatro personajes evoca los recuerdos del mismo acontecimiento, de forma totalmente diferente a los demás. Sabemos que los neurocientificos actuales cuestionan la validez de la remembranza, “per se”. Hoy sabemos que los pensamientos y las imágenes que recordamos y que son evocados en nuestra consciencia de forma voluntaria coinciden con nuestro estado emocional presente. Es decir recordamos los acontecimientos vividos en función de cómo sentimos en el momento de recordarlos.

Por tanto los recuerdos pasados tanto positivos como negativos, cimientan nuestra identidad en el presente y nos definen. Pensemos que el aprendizaje solamente es la interactuación de la memoria con la experiencia. La memoria tiene como función a nivel esencial el de asegurar nuestro futuro selectivamente de las experiencias del pasado. Y reconstruye en función de aquellas memorias que resultaron eficaces sin repetir las respuestas que resultaron perjudiciales o dañinas.

Las memorias traumáticas son “engramas” de experiencias abrumadoras del pasado, que dejaron en el sujeto profundas impresiones que desequilibraron sus hemisferios cerebrales, cuya huella se grabo a fuego en la psique y sobre todo en el cuerpo de la victima de forma somática. La fijeza de estos recuerdos impiden al sujeto crear nuevas estrategias y nuevos significados con sus recuerdos. Por tanto no puede reconstruir estas memorias y siempre vuelven al presente como invasiones o síntomas físicos inoportunos e incoherentes. Los recuerdos traumáticos también pueden adoptar  la forma de “salidas de tono” inconscientes, como por ejemplo, que el sujeto traumatizado tenga repetidos accidentes por exposición a situaciones peligrosas, normalmente siempre relacionadas con el trauma vivido.

Dentro de la historia de la psicología las memorias traumáticas fueron estudiadas sobre todo por Jean Martin Charcot, Pierre Janet y Sigmund Freud y los tres llegaron a la conclusión de que la memoria traumática puede apartarse de la conciencia mediante mecanismos de defensa que ellos mismos denominaron “represión” y “disociación” su terapia consistía en llevar estas partes separadas de la memoria a la atención consciente. Hoy en día los profesionales más prestigiosos que recuperaron la compresión del trauma y han seguido los estudios pormenorizados y más acertados de Pierre Janet sobre la memoria traumática son: Bessel van der Kolk, Onno van der Hart. Pat Odgen, Elisabeht Loftus y Peter Levine, entre otros.

Pero vamos a ver cómo funciona la memoria y cuáles son las partes que la componen a grandes rasgos… En el sentido más amplio hay dos tipos de recuerdos: los explícitos y los implícitos; lo mismo que hay dos tipos de memoria: la explícita (corto plazo) y la implícita (largo plazo). Los recuerdos explícitos son conscientes y los implícitos vamos a decir que relativamente inconscientes.

La memoria explicita se divide en memoria declarativa y memoria episódica. El principal papel de la memoria declarativa y de sus recuerdos, es el de permitirnos comunicar unidades separadas de información a otros individuos. Estos recuerdos semánticos son totalmente objetivos y están exentos de conllevar asociado a ellos sentimientos o emociones. La memoria declarativa explicita es la que utilizamos en el colegio cuando somos niños para memorizar las tablas de multiplicar en matemáticas o aprendernos los reyes godos en historia o recordar ríos y sus afluentes de un determinado país dentro de la asignatura de geografía. Es lo que denominamos la nemotecnia, en la vida diaria utilizamos la memoria declarativa para memorizar listas de la compra, teléfonos etc. Esta memoria es totalmente consciente y voluntaria y suele ser a corto plazo. Aquí podríamos incluir también las memorias eidéticas (fotográfica) por ejemplo cuando recordamos un bello paisaje, o a nivel visual el nacimiento de un hijo, incluso a veces hay estudiantes que se aprenden los temas visualizando las páginas del libro en función de su contenido, aquí también entraría la memoria topográfica que nos sirve para orientarnos a nivel espacio temporal y recordar lugares.

Pero existe otra memoria explicita que es la episódica y que ya no es tan consciente y voluntaria. Si la memoria declarativa se considera fría a nivel de información “factual”, la memoria episódica aún siendo también explicita y consciente es más cálida y tiene matices. Ya que los recuerdos episódicos van cargados de emoción tanto positiva como negativa y codifican ampliamente nuestras experiencias vitales y personales.

La memoria episódica es la que normalmente llamamos autobiográfica, en la jerarquía de las memorias esta es menos explícita que la declarativa, ya que no es igual recordar la lista de la compra, que nuestro primer beso con nuestra primera novia,  cuando éramos adolescentes… o el llegar a un cine y rememorar olfativamente el mismo ambientador que utilizaba nuestra madre en casa, o el ir a comer a un restaurante y saborear reconociendo que el cocido que nos sirven, sabe igual que el que cocinaba nuestra abuela. O el rememorar por el olor de un bebe, las sensaciones o experiencias con nuestros hijos recién nacidos, si ya ha pasado tiempo. Por lo general, se cree que nuestros primeros recuerdos episódicos datan de cuando tenemos tres o tres años y medio de edad, que es cuando el hipocampo se hace significativamente funcional.

La memoria implícita se divide en emocional y procedimental. En diferencia a los recuerdos explícitos: declarativos “fríos” y episódicos “cálidos” los recuerdos implícitos son “calientes” y poderosamente convincentes. Los recuerdos implícitos no pueden ser evocados voluntariamente ni son accesibles como reminiscencias de “ensoñación”. Los recuerdos implícitos aparecen y desaparecen de golpe y subrepticiamente. Se suelen estructurar en función de emociones y habilidades a los que se denomina “patrones de acción”.

Las memorias implícitas emocionales como la palabra denomina, están vinculadas a las emociones universales que tiene cualquier mamífero: sorpresa, miedo, rabia, repulsión, tristeza y alegría. Las emociones están vinculadas a nuestro sistema límbico con el fin de ofrecernos importante información tanto a nivel social como de supervivencia. De esta manera la memoria puede conformar respuestas adaptativas y procedimentales a través del aprendizaje. Quiero dejar claro y es muy importante recalcarlo el que los recuerdos emocionales se experimentan en el cuerpo como sensaciones físicas.

Son las emociones las que configuran el engrama en la memoria, con el fin de que esta al ser recuperada en el recuerdo, genere patrones de acción nuevos a nivel estratégico relacionados con la supervivencia del individuo. Estos patrones de acción estratégicos en memorias normales suelen ser eficaces en la práctica, pero sin embargo en el caso de las memorias traumáticas, sin duda son trágicamente ineficaces.

Las emociones a nivel de base social cumplen dos propósitos que son la empatía y la intersubjetividad. Ya que indican a los demás lo que sentimos y necesitamos, de la misma manera que nos lo indican también a nosotros mismos. Por tanto las emociones a nivel social sirven para cooperar con los demás y transmitir normas sociales. De hecho uno de las patologías emocionales más graves es la “alexitimia” y se suele dar en traumatizados profundos. La alexitimia es la incapacidad de conectar con nuestras propias emociones y comunicarlas.

Las memorias implícitas emocionales están muy vinculadas al apego social y como, este apego ha podido generar un estado emocional concreto. Estas memorias están muy relacionadas con el sistema límbico y sobre todo con la amígdala a veces también tienen que ver mucho con el sistema de recompensa meso límbico.

Supongamos que tenemos un primer amor adolescente, rompemos con él y dejamos de ver a esa persona cuarenta años, por poner un ejemplo. Si después de esos cuarenta años nos lo reencontramos dentro de un autobús y evidentemente no le reconocemos por el paso del tiempo, tenderemos a acercarnos a él y tomar conversación. Ya que nuestra memoria emocional implícita expansiva así nos reconduce involuntariamente. Lo mismo pasaría al contrario si de niños sufrimos abuso escolar y después de cuarenta años nos encontramos con nuestro agresor, aunque no lo reconozcamos habrá un impulso somático de aversión y rechazo, ya que nuestra memoria a nivel somático se repliega.

La memoria emocional implícita también nos puede hacer reconocer la voz de nuestra madre superpuesta sobre más de cincuenta voces al unisonó (memoria ecóica) Es decir si vamos por una calle muy concurrida llena de voces y ruido y nuestra madre nos llamará desde algún punto aún no viéndola, reconoceríamos la voz y nos pondríamos en alerta, intentando localizarla a nivel viso espacial.

También la memoria emocional implícita juega malas pasadas si se vincula con el sistema de recompensa. Por ejemplo si un toxicómano adicto a la cocaína, se rehabilita, da igual el tiempo que pase sin consumir. Si vuelve a pasar por la esquina donde su camello le proveía la droga, es muy fácil que tenga el impulso de volver a consumir y busque la droga.

La memoria implícita emocional también puede ser asociativa y vincularse a necesidades u orientación, como por ejemplo el que nos levantemos por la noche a beber agua y nos recorramos desde el cuarto a la cocina a oscuras y no tropecemos con nada. O que durante el día nos pongamos a conducir del trabajo a casa pensando en nuestros problemas y de repente hayamos llegado a casa con el coche y no sepamos ni cómo ni por qué camino hemos vuelto.

Aquí la memoria emocional implícita vinculada al priming asociativo nos hace recorrer caminos a oscuras sin tropezar o conducir de camino a casa de forma inconsciente, realizando todo el trayecto de forma correcta y respetando las señales viales de tráfico. Aunque el aprender a conducir estaría dentro de la memoria de trabajo a corto plazo explicita, una vez que hemos aprendido pasaría a la memoria motora procedimental a largo plazo. Lo mismo que cuando aprendemos a andar en bici, que aunque tardemos años en volver a coger la bici, nunca se olvida. O el practicar sexo, ocurre lo mismo, pasa del aprendizaje explicito y memoria de trabajo a corto plazo a la memoria motora a largo plazo. Y además todo este tipo de procedimientos son acumulativos con la experiencia. Aquí lo que quiero hacer notar es que todas las memorias están interconectadas. Dentro de la memoria explicita, la declarativa está conectada con la episódica. Y en la memoria implica, la emocional está conectada con la procedimental. Y estos dos grandes grupos explicita implícita están conectadas también entre sí.

Pero volvamos a la memoria implícita procedimental, ya hemos visto que una de las categorías de esta memoria es la de recuperar acciones motoras aprendidas, como conducir, andar en bici, practicar sexo, etc. Pero también existe una segunda categoría en la memoria procedimental que no es motora y tiene que ver con las respuestas de emergencia innatas de supervivencia, en caso de posibles amenazas para nuestra integridad física o psíquica. Dentro de los patrones que la memoria ejecuta a través del sistema nervioso están la preparación, la tensión, el repliegue, la lucha, la huida y la parálisis o congelamiento. Así como el mantenimiento de nuestro espacio vital y de límites territoriales. Y también la memoria procedimental tiene una tercera categoría que son los mecanismos de evitación con las acciones de tensión, repliegue o contracción.

Estos mecanismos primarios de la memoria procedimental en psicología se suelen llamar “valencias hedónicas” es decir el cuerpo a través de la memoria y de los sentidos funciona como un semáforo. Percibimos una situación y siempre nos ponemos en luz amarilla (estado de alerta y valoración) una vez que hemos sopesado la situación externa, y la experiencia de la situación a nivel perceptivo se nos vincula a nuestro aprendizaje a través de la memoria implícita procedimental y nos podemos poner en luz verde (acercamiento) o en luz roja (evitación). Esto no solamente lo hacemos los humanos, sino también los animales que todos tienen memoria procedimental

Estos mecanismos procedimentales primarios son los que nos guían en situaciones sociales para discernir entre amigos o enemigos y de generar sentimientos a través de emociones positivas como el cariño, la pertenencia o la cooperación si estamos en familia o entre amigos. O por el contrario el meternos de lleno en niveles de activación de supervivencia, “matar o ser matado” defendernos, huir o paralizarnos, en caso de enemigos, situaciones de guerra, ataques, abusos o cualquier tipo de situación traumática.

La memoria procedimental también nos suele generar lo que se llaman “falsos positivos” que son necesarios para la supervivencia. Es decir en caso de duda, siempre semáforo en rojo. Por ejemplo siempre que vamos por un bosque si oímos ruido en la maleza, salimos corriendo… puede ser que solo sea el viento o que sea un animal que quiere atacarnos. En esos momentos nuestra memoria procedimental arcaica ante la incertidumbre, muy sabiamente nos induce el falso positivo. Posteriormente si tenemos un sistema nervioso fuerte y equilibrado analizamos la situación y nos calmamos al objetivizar que solamente era el viento y que era más improbable en una excursión campestre el encontrarnos un depredador al acecho.

Sin embargo las estructuras de las memorias procedimentales en las personas traumatizadas funcionan al revés. Antes de que exista una detención y alerta, a nivel de evaluación de la situación, entra la memoria procedimental a nivel de sistema parasimpático con la congelación asociada al terror de una posible situación y luego el sistema simpático de lucha o huida, volviendo finalmente a recalibrar la situación. A nivel de renegociar el trauma. Por tanto su respuesta  biológica siempre está en estado de agitación. Por tanto el terapeuta debe de reajustar los recuerdos procedimentales renegociados y vincularlos a recuerdos episódicos y narrativos recalibrados.

La transformación de los recuerdos procedimentales desde la inmovilidad y la indefensión a la hiperagitación y movilización y de ahí, finalmente al triunfo y el dominio es una trayectoria común en la terapia de cualquier persona traumatizada, en cualquier contexto y por cualquier situación. Ya sea el abuso psíquico (maltrato emocional), físico (maltrato o abuso sexual) , por indefensión (desvalimiento, rechazo o abandono) etc. Todos los traumas cumplen los mismos patrones a nivel de memoria procedimental.

Cualquier traumatizado se queda atascado en los patrones motores de contracción crónica y en este estado fijativo de memoria, creen que nada cambiará jamás. Esta fijación genera en el traumatizado un sentimiento grande de desesperanza, impotencia e incluso desesperación. Por tanto el sujeto tenderá a disociar y no sentir su cuerpo. Es decir su cuerpo se ha convertido en su enemigo.

Una vez que está en terapia e intenta con su trabajo de verbalización y a través del terapeuta renegociar el trauma, los patrones motores de contracción vinculados a su memoria procedimental traumática se van disipando y muy gradualmente se abre a la expansión de forma natural y luego vuelve a la contracción también de forma natural. Ya que el estado normal del biorritmo corporal es expansión contracción. Y es ahí cuando el sujeto empieza a experimentar la sensación de fluir y va saliendo gradualmente de la “trampa” del trauma, o de la experiencia traumática memorizada.

Van der Kolk, y Van der Hart en 1995, demostraron que al pensar en un trauma o en un recuerdo traumático, se activa en ese instante el hemisferio derecho, quien tiende a verlo de una forma mucho más negativa que el hemisferio izquierdo, de modo que el sujeto no tiene acceso a los recursos, creencias positivas, sentimientos eutímicos y al optimismo y la familiaridad que le ayudarán a aliviar la experiencia traumática vivida. Por lo tanto es tarea de nosotros como terapeutas, ayudarlo a abrir la puerta del hemisferio izquierdo, a la conexión con los elementos almacenados en él, para tener una lectura más realista y adaptativa, a un aprendizaje y a la familiaridad que este hemisferio brinda.

Las técnicas más comúnmente utilizadas por los terapeutas para reajustar memorias traumáticas son el EMDR de Francine Saphiro (2001), Las técnicas de experiencias somáticas, el método SIBAM de Peter Levine (1997) y el método de educación somática de Moshé Feldenkrais.(2006)

Bibliografía:

Feldenkrais, M. (2006) El Poder del Yo, la transformación personal a través de la espontaneidad. Editorial Paidós Vida y Salud.

Janet, P. (1889) “L’automatisme psychologique”. Essai de psychologie expérimentale sur les formes inférieures de l’activité humaine (1889) . Première édition :Félix Alcan, 1889. Réédition du texte de la 4 édition. Paris : Société Pierre concours du CNRS, 1973

Levine, P. y Frederick, A .(1997) “Curar el Trauma”, Título original “Waking the Tiger”, Nith Atlantic Books Berkeley, California. Traducción al Español, Editorial Urano.

Saphiro, F. (2001) Eye Movement Desensitization and Reprocessing (EMDR): Basic Principles, Protocols, and Procedures. Ed: Guildford Press 2001

Van der Kolk, B. A., & Van der Hart, O. (1995). The intrusive past: The flexibility of memory and the engraving of trauma. Trauma: Explorations in memory, 158-182.

 

 

 

 

 

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